¿SABEMOS GESTIONAR NUESTRO FUTURO?

Nahir Baides López

Mirad, yo no quería que mi vida se torciera como lo hizo.

  Que conste que voy a contar mi experiencia propia. Solo quiero decir que si estáis leyendo esto porque creéis que es ficción, adelante, seguid. Pero si os veis reconocidos en estas palabras y os dais cuanta de que vuestro día a día se parece a lo que os voy a contar, solo quiero deciros una cosa:

  Vuestra vida no va a ser nada fácil. 

  Me llamo Zoë, tengo 16 años y quiero ir al instituto. A ver, no me malinterpretéis.  Ya voy al instituto, pero quiero ir sin que tenga problemas todos los días. Resulta que hay un virus por ahí. No es gran cosa, aún recuerdo con miedo la gran pandemia del 2020, y solo han pasado 4 años. Todos pensábamos que hasta el siglo que viene no habría una así de grave, pero ya tenemos otro virus rondando. Esta vez no se están tomando medidas tan drásticas, y con medidas drásticas me refiero a que no estoy encerrada en mi casa como un león en su jaula, pero cada vez es más difícil convivir como antes.

  Cuando me levanto a las 6:30 preparo todo, me pongo el uniforme, el EPI con la mascarilla incluida, desinfecto la mochila, y voy camino a la parada del bus. La vida humana ha cambiado mucho en los últimos años. Lo he podido ir comprobando, he seguido yendo por el mismo camino en todo este tiempo. Ahora todos vamos plastificados, en parte porque no pase nada, en parte por la situación que dejó el coronavirus en la otra pandemia. Por fin la especie humana se ha puesto de acuerdo en algo: no puede volver a pasar lo que pasó, fueron días muy malos de los que aún nos resentimos, y que no queremos volver a repetir.

  Cuando me subo al autobús, me pongo el gel hidro alcohólico, me siento en mi sitio que ha estado previamente desinfectado, me pongo la pantalla protectora que tengo asignada, y me pongo los guantes que están colgando sobre el mini soporte y toco el botón que está en el reposabrazos para dar la señal de que ya estoy lista. El autobús arranca por fin. Podéis pensar que este debe ser un proceso muy arduo, pero cuando ya lo has ido haciendo todos los meses te acabas acostumbrando. Al principio, el calor que hacía con todas esas capas puestas era insoportable, ahora, sigue siéndolo, solo que te acabas por acostumbrar. Cuando llega mi compañera que se sienta a mi lado pongo la pantalla protectora y hablamos como podemos, mientras vemos por la ventana cómo a pesar de todo el tiempo que ha pasado, las marcas que el coronavirus dejó en nosotros aún son visibles en las personas. Esa tristeza que se apoderó de todos no se va. Intentamos cuidar a nuestras familias más que nunca y no nos hemos alejado de las personas más cercanas, pero de las que teníamos poca relación se han convertido en unos desconocidos.

  En las clases no hay mucha diferencia, aparte de que tenemos que desinfectarnos al inicio y al final de cada hora, y que si algún compañero te deja algo de su material, antes de devolvérselo tienes que procurar que no queden “marcas de ti” por llamarlo de alguna manera. Casi no hay abrazos, solo están permitidos si una persona está muy triste y no se encuentra nada bien o si es alguien muy cercano a ti, como en una burbuja familiar.

  Todo se ha vuelto, en parte, desagradable y lúgubre, y a pesar de que hay momentos de alegría, ya no es como antes, nada lo ha sido, supongo, desde hace unos 4 años. Juraría que si pudiera volver esos años al pasado y darle todos los abrazos a esas personas que quería, habría disfrutado de ellas de una forma diferente.

  El patio ya no tiene nada de las denominadas cosas de antes. Te vas alejando de la gente como si estuvieras rodeado de alienígenas, y nunca vas con más de cinco amigos, y si alguien tose o estornuda te apartas y sales corriendo como si no hubiera un mañana. ¿A la hora de comer? Más de lo mismo. Antes todos comíamos juntos y tranquilamente, y ahora tenemos que dejar 2 sillas entre cada persona, aunque vaya a la misma clase que tú, y tienes que comer deprisa porque manteniendo la distancia de seguridad ahí no caben ni la mitad de la gente.

  Cuando se acabó el coronavirus, pensé que si viniera otra pandemia mundial estaríamos más preparados, que habrían más recursos, que los hospitales no se saturarían tanto, que no habría que montar un segundo Ifema, y que nos centraríamos más en la ciencia y que se aportarían más recursos a educación, más formación a los profesores para las clases online, porque decimos que dominamos la tecnología como nadie, pero para estar todo el día conectados a las redes sociales sí estamos, y sin embargo, en todas las reuniones o se nos cae la conexión, o no escuchamos bien, o mil historias, y cuando tenemos que jugar a la play somos de los mejores y no sabemos cómo rellenar un cuestionario de ortografía, o hacer un recorte, un copia y pega, o saber refrescar una página. Los seres humanos no hemos progresado en eso, no estamos preparados para una pandemia mundial.

  Porque tendemos a tropezar con la misma piedra, varias veces. 

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