LOS NIÑOS QUE NO PUDIERON VER EL MAR

Pedro Navazo Gómez

Sin nada más que el cielo sobre la cabeza y el suelo bajo sus pies, con una maleta de cuero desgastado en una mano y un paquete atado con cuerdas en la otra, en el que se adivinaba que contenía libros, un día de Septiembre, a comienzos del curso escolar 1933/34, llegó en el coche de línea que hacía dos viajes a la semana a Bañuelos de Bureba, un pueblo de la provincia de Burgos, con apenas 220 vecinos, sin agua corriente ni luz eléctrica, el nuevo maestro: se llamaba Antonio Benaiges y venía desde Mont Roig, un pueblo costero de Tarragona.

  Nada más tomar posesión de su cargo, después de pedir prestado lo imprescindible para poder vivir, ocupó la “casa del maestro” (justo encima de la propia escuela) y al día siguiente comenzó sus clases, a la que solo asistieron apenas la cuarta parte de los 32 alumnos que figuraban en el censo que le proporcionaron en el Ayuntamiento.

  La gente del pueblo, eminentemente agrícola y falta de brazos, prefería que sus hijos les echaran una mano en las faenas del campo antes que ir a la escuela. El nivel cultural era bajo: a la mayoría lo único que les habían enseñado era a trabajar de sol a sol sin derecho a reivindicar otra cosa que no fuera más trabajo, y la costumbre del lugar marcaba a aquellas personas que no tenían otra opción que aguantar trabajando, sin descanso, durante la mayor cantidad de horas posibles.

  Tuvo que ir el maestro casa por casa, hasta convencer a todos de que la mejor manera de revelarse contra la condena de la miseria heredada y la mejor inversión que podían hacer para ayudar a que sus hijos fueran mejores personas pasaba por la educación.

  A los pocos días, los niños se percataron de que el nuevo maestro (que les exigía ir siempre aseados y dijeran de usted) no pegaba. Al contrario, casi siempre sonreía con buena cara. Cuando dos se peleaban en el recreo, él los llamaba –“parecéis carneros”-, y hacía que se estrecharan la mano: después les sentaba en el mismo pupitre. Y poco después, ganada ya su confianza, lejos de esconderse de él cuando le veían (como hacían con otros maestros), se le acercaban a saludar porque le consideraban su amigo y porque se sentían respetados y porque les contaba historias, utilizando la naturalidad: de dioses que vivían en las nubes junto a filósofos y de profetas que sobrevivían en las altas montañas comiendo solo bellotas y miel silvestre, y les hablaba de titanes, de almas en pena, de sátiros medio cabras y medio hombres, de hechiceros capaces de predecir el futuro, de sabios que sabían transformar en oro lo que tocaban, de dragones que escupían fuego, de carros tirados por serpientes, de la exactitud de los astros y de las estrellas, de la diversidad de los animales y de las plantas…, y de cómo nacemos y morimos.

  Pero no sólo se ganó el respeto de los alumnos, sino también el de sus padres, que, aparte de poder asistir en horario nocturno a una clase de adultos que había formado, y de prestarles libros, muy pronto entendieron que habían cambiado a un maestro que pegaba con una vara y castigaba a sus hijos, por este otro que enseñaba, les hacía leer libros, les hacía pensar, les llevaba de excursión y hasta les compraba comida.

  En marzo de ese mismo curso 1933/4, a petición del maestro, llego al pueblo procedente de la Delegación Provincial de Educación una pequeña imprenta: era la herramienta principal del método “FREINET”, un novedoso modelo educativo que impulsó la República que perseguía la cooperación en la enseñanza y la igualdad desde el trabajo en común.

  Después de que los pequeños, de la mano de Antón (como le llamaban al profesor), aprendieran a componer los tipos de plomo, a cortar los pliegos y resmas, a manejar las tintas y a imprimir, crearon un Boletín, que bautizaron “GESTOS”, con la idea de recoger en él la forma de vivir y las costumbres de Bañuelos: las apuestas de la “tabera” que se armaba en Briviesca, jugándose los cuartos a “taba o culo”, de las canciones que entonaban junto a sus padres cuando dejaban las clases para segar la esparceta, de los juegos que entretenían las largas y oscuras noches de invierno, de las “Marzas” que entonaba los mozos, de los carnavales, del lobo que se asomaba entre las lomas…El profesor aprendía de sus alumnos.

  Para poder mantener el boletín, Benaiges buscó suscriptores en instancias oficiales, librerías, personalidades, centros culturales…: la revistilla le llegó, no solo al mismísimo Niceto Alcalá Zamora, sino también a suscriptores de toda España y países como Cuba, Inglaterra y Andorra.

  En el “GESTOS” de Enero de 1936 el tema monográfico fue precisamente el mar, y al hablarles el maestro a sus alumnos sobre las aguas azules del mar de su tierra, donde los hombres se ganaban el sustento con las redes, y donde en verano se podía disfrutar de sus playas bañándose en ellas o pasear por sus arenas, en aquellas cabecitas mesetarias, que el único mar que habían contemplado era el océano de cereal donde, en primavera tardía, las rachas de viento formaban fuertes olas de espigas, y acostumbradas al río de su pueblo, donde apenas siete u ocho pedriscos permitían cruzar al otro lado, ni el fulgor ni la enormidad del mar cupo a duras penas.

—¿Cómo crees que es el mar? –preguntó a Ana Ortiz, una niña de aire muy despierto.

—El agua del mar, por el sol, estará más caliente que en los ríos. Y debe ser muy salada. Es también donde se va a baños, y por donde pasan los barcos. Y en la orilla hay mucha arena.

—¿Y tú? –le preguntó a José Cuesta, otro niño de los más decididos.

—El mar tiene que ser muy grande y muy hondo, y también muy largo. Mi hermano dice que lo ha visto en Pamplona, cuando hizo el servicio militar, y que había mucha gente bañándose. Y que a un hombre le tuvieron que sacar porque no sabía nadar y se ahogaba.

  Fue a partir de ese día cuando la idea de llevar a ver el mar a sus niños rondó por la cabeza de Antón: convocó poco después a los padres, y después de explicarles la curiosidad que había despertado en sus hijos el mar a raíz del último boletín, les propuso llevarlos de viaje a su propio pueblo para que lo conocieran. Su costo, les aclaró así mismo, se haría con las suscripciones de “GESTOS”, que a partir del número siguiente se incrementaría su tirada, y de ayudas que solicitaría a los suscriptores más solventes.

  El 19 de Julio, un día después del levantamiento contra la República (al qué en un principio, al oírlo en la radio, casi nadie dio credibilidad), el maestro fue detenido en la “Casa del Pueblo” de Briviesca por militares falangistas. Había regresado unos días antes, aprovechando que las faenas del campo dejaban a sus alumnos libres, para cumplir su promesa, no sin antes dejar resueltos en su pueblo los inconvenientes del hospedaje -en casas de vecinos del pueblo-, la manutención -en las lonjas de la cofradía de pescadores-, y de las excursiones de interés por los alrededores (una de ellas en barco), subvencionadas por el mismísimo Ayuntamiento de Mont Roig.

  Su pertenencia al PSOE, y los novedosos métodos de su enseñanza practicados en la escuela, le habían puesto en el punto de mira de las clases pudientes conservadoras y del cura del pueblo: le acusaron de indigno, inmoral, vicioso, comunista, anarcosindicalista, de no ir a misa… y de poner música en el gramófono haciendo bailar a los pequeños.

  Durante el tiempo que permaneció arrestado, según testigos, se ensañaron con él: lo torturaron, le quitaron los dientes y le pasearon medio desnudo por Briviesca en un coche descapotado para humillarlo públicamente. Acto seguido, lo condujeron a un paraje (La Pedraja), junto a otros republicanos más, donde fue fusilado el 25 de Julio y enterrado en una fosa común.

  Si, como suele decirse, la primera víctima de una guerra es la verdad, la primera víctima de las consecuencias en Bañuelos fue el propio maestro: no solo lo fusilaron y enterraron a escondidas y quemaron todas sus pertenencias, si no que le incoaron también un expediente de depuración después de muerto para retirar hasta su memoria de la instrucción pública; incluso, para la gente del pueblo, conservar algunos de sus boletines suponía una sentencia de muerte.

  Antonio Benaiges debía estar de vacaciones en aquel aciago mes de julio, pero volvió a Bañuelos a buscar a sus ilusionados alumnos, para cumplir con la palabra dada: pero la promesa del mar acabó en una fosa común.

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