CENA EN PALACIO

María Isabel Coz Salceda

Imagínense ustedes un ostentoso comedor con una gran mesa de 40 metros de largo. Dicha mesa está cubierta por un delicado mantel blanco con encajes sobre el que descansan multitud de manjares. A su alrededor hay dispuestas 42 sillas bañadas en oro y tapizadas en raso de la mejor calidad. Delante de cada silla hay un servicio, y encima, con las posaderas apoyadas sobre el mullido asiento, una persona. Estas personas hacen juego, o al menos lo intentan, con la sala. Se nota que cada una ha cogido las ropas más elegantes y pomposas que ha encontrado y las ha intentado combinar, con o sin suerte, hasta obtener como resultado lo que ustedes, pese a no verlo, tienen en mente. El resto de los detalles los dejo a su elección, desde el papel pintado de las paredes hasta los platos, que intencionadamente no he descrito para que se pueda servir el menú que a ustedes más les apetezca. La única premisa es que todo rezume lujo.

  ¿Pueden visualizarlo ya? Pues bien, exactamente así es el salón del palacio de los marqueses de Frambuesa la noche de hoy, 17 de noviembre. Este esplendoroso ambiente que entre ustedes y yo hemos creado conlleva que los invitados no puedan sino sorprenderse y expresar con palabras lo que resulta obvio echando un vistazo a la notable abertura de sus ojos y bocas. De repente y entre tanto barullo se escucha un carraspeo procedente de la garganta de un joven caballero, presumiblemente el anfitrión, que se pone en pie y pronuncia el siguiente discurso:

–Señoras y señores, es un honor para mi amada esposa y para mí recibirles esta noche en nuestra humilde morada. Esperamos de todo corazón que la velada resulte de su agrado. Supongo que muchos de ustedes ya saben el motivo de la invitación, pero a mí me encantaría explicárselo en persona, pues es un hecho tan maravilloso que decirlo en voz alta me provoca el mayor de los placeres: mi adorable mujer y yo celebramos hoy las bodas de zafiro, y es por ello por lo que hemos decidido invitar a todos nuestros vecinos a festejarlo con nosotros.

»¡Oh, pero qué ven mis ojos! Mi resplandeciente cónyuge me pide la palabra, y yo, como no podía ser de otra manera, se la cedo encantado, ansioso de escuchar su melodiosa vocecilla. ¡Adelante, dulce fresita silvestre!

–Gracias, mi delicioso caramelito. Solamente quería matizar las palabras de mi sabio marido, puntualizando que, más que vecinos o simples conocidos, les consideramos a ustedes grandes amigos y mejores personas. ¡Adelante, disfruten de la fiesta!

–¡Nada más que añadir!

  Tras estas aplaudidas intervenciones, la cena continúa con el mismo alboroto que antes hasta las 23 horas, cuando convidados y convidadores abandonan la sala y se dirigen a otra habitación, aún más grande que la anterior, que cuenta con varias filas de butacas y un estrado. Tanto los sillones como la tarima y el resto del suelo están cubiertos por una gruesa capa de polvo, no por la ineficacia del servicio de los marqueses, sino porque está terminantemente prohibido para cualquiera acceder aquí en día no festivo. Y en esta pequeña aldea solo se festejan los aniversarios de los marqueses de Frambuesa.

  Como iba diciendo, se forma una fila y todos van entrando con paso firme en la estancia. Los primeros son los criados, que, aunque no han podido participar en la cena, sí asistirán al acto. Los 10 que son corren a limpiarlo todo hasta dejarlo reluciente, lo cual les lleva unos escasos 5 minutos: aquí no hay la profusa ornamentación de las otras salas ni tienen que lidiar con bichos y telarañas, pues los animales también tienen denegado el derecho de admisión. Además, cuentan con los maravillosos inventos del profesor Engranaje para la limpieza del hogar, ideados hace 27 años en la que todos consideran su etapa más genial.

  Una vez que han entrado todos, incluido el aclamado inventor acompañado de su esposa, una simpática tuerca a la que conoció en uno de sus viajes a Tuerquía, se le asigna a cada persona una letra y un número, correspondientes a una localidad. Se trata de una organización totalmente aleatoria, así que un barrendero puede estar perfectamente junto a la marquesa de Frambuesa, por ejemplo, sin que esto resulte un deshonor para ninguno de los dos. Cuando ya están todos colocados, suben al escenario el Excelentísimo Señor Alcalde don Mandón; don Pergamino, bibliotecario y erudito de las lenguas clásicas; doña Jarabe, una reputada doctora de la aldea; y sor Dina, una monja de poca voz pero gran corazón. Allí el servicio ha colocado tres enormes bombos de cristal. El primero contiene 42 bolas doradas, y los otros dos, 21 cada uno.

  A medida que se acerca el momento más importante, ese que ustedes aún desconocen, aumenta el nerviosismo de los presentes. Con gran parsimonia, sor Dina, don Pergamino y doña Jarabe se acercan a las esferas giratorias, mientras que don Mandón se coloca delante y comienza a hablar:

–Queridos vecinos, hoy se decidirá el futuro próximo de nuestra aldea –proclama solemnemente el alcalde–. Como yo me encuentro en su misma tesitura, sé que resulta difícil mantener la calma, pero les ruego que lo intenten y controlen sus nervios en la medida de lo posible. Recuerden, todo, tanto lo bueno como lo malo, es provisional y algún día acabará. Y ahora, sin más dilación, ¡doy comienzo al sorteo!

  Sor Dina mueve la manivela de uno de los bombos hasta que una bolita del tamaño de una pelota de golf sale. La coge, la observa detenidamente y se la entrega a don Mandón. 

–Gracias, hermana. ¡F-3!

  Silencio sepulcral.

–¡F-3! –repite el alcalde–. ¿Quién es el F-3?

  Silencio sepulcral.

–A ver, no hagan esto más difícil de lo que es. Comprueben todos su papeleta, y, quien sea el F-3, que lo diga, por favor.

Murmullos.

–¡Venga, el F-3! Ah, un momento… ¡Je, je! Me van a perdonar; resulta que el F-3 soy yo.

  Risas estruendosas.

  Tartamudeando, el alcalde da paso a don Pergamino. El bibliotecario hace girar el segundo bombo, coge una bolita y se la entrega a don Mandón, a quien a pocas más se le cae de lo tembloroso que está.

–¡Don Ladrillo! –exclama mientras intercambia una mirada con el albañil. «No está mal –piensa–. Es bastante afable y campechano, aunque también es cierto que está hasta arriba de trabajo. He oído que ha llamado varias veces “Grieta” a su mujer. Bueno, ahora solo queda ver quiénes serán Greta y los niños».

–¡D-6! –Sor Dina ya ha cogido otra bola y se la ha dado al alcalde.

Un hombre de mediana edad se levanta de su asiento:

–Yo.

  Se repite el mismo proceso de antes, y esta vez sale el nombre del profesor Engranaje. ¡Qué alegría! ¡Vuelve la Edad de Oro del inventor!

Otra vez le toca a sor Dina darle a la manivela.

–¡A-2! –dice don Mandón.

  Ahora se levanta de su asiento una mujer rechoncha y con cara amistosa, doña Golosa, dueña de la pastelería Delicias. Doña Jarabe pone en movimiento su bombo y le entrega una bolita al alcalde.

–¡Marquesa de Frambuesa!

–¡Ay, qué ilusión! –exclama la futura marquesa–. ¡Cómo lo voy a disfrutar!  ¡Muchísimas gracias, de verdad!

  Y se vuelve a sentar, encantada de su suerte.

  La velada transcurre así hasta medianoche, momento en que están adjudicados por fin todos los papeles. El destino ha repartido suerte, y la verdad es que ha salido alguna combinación bastante curiosa: don Mandón (aunque ahora ya es oficialmente Ladrillo Ceméntez) ha quedado bastante contento con la familia que le ha tocado, ¡pero su hijo menor le sobrepasa en edad!; el antiguo marqués de Frambuesa es el mendigo borrachín del pueblo; y el que hace unos instantes era el zapatero Zapatín se acaba de convertir en el zapatero Zapatón, máximo enemigo de Zapatín.

  Ya son las 12 de la noche, suenan las campanas de la iglesia y cada habitante de esta pintoresca aldea regresa a su nueva casa con su nueva familia (quien la tenga) y su nueva personalidad, expectantes de ver cómo se desarrollan los próximos años. ¡Que comience la función!

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